Nota

El escritor y su relación amor-odio consigo mismo

FICCIÓN
Rodrigo Coronel

La luz que emite la pantalla del ordenador le azulea la cara. El escritor-que-declara-cosas arruga los ojos y aprieta los labios. Tras dos horas de ordeñarse las neuronas sin ningún resultado, apenas una frase sin brillo ni melodía aparece en el blanco brillante de la computadora:

La luz que emite la pantalla del ordenador le azulea la cara.

Luego, nada. Ahí terminó el arrebato creador del escritor-que-declara-cosas.

Nada teme más el escritor-que-declara-cosas que quedarse sin palabras. Cuando la falsa hoja blanca de la computadora le muestra los dientes, siempre tan blancos, de su propia insignificancia. Cada que la hoja le muestra el filo de los colmillos, el estómago del escritor-que-declara-cosas da un vuelco y se pregunta si será buen escritor, si no es hora de dar las gracias y dedicarse a otra cosa. Pero ya es demasiado tarde: las otras naves ya partieron.

Entonces, suena el teléfono. El escritor-que-declara-cosas sonríe. No es su editor, tampoco el contador. Del otro lado de la línea una reportera se presenta:

—Soy la reportera-que-pregunta-obviedades. Le hablo de El Evidente. Quería recoger su opinión sobre la delicada situación que ya todos conocemos. Es para la edición de mañana.

El escritor-que-declara-cosas se relame las comisuras. Saben a nicotina. Pide un momento a la reportera y desde el móvil rastrea las desgracias de la coyuntura. Sus ojos apenas se posan en los titulares de las noticias. En menos de un minuto se hace de una idea, vaga, muy general, pero que, dicha por sus labios, hasta tendrá algún asomo de originalidad. Quizá algunos de quienes lean sus declaraciones piensen en su gran ingenio. Sólo el escritor-que-declara-cosas será consciente de su secreto.

—Es desde luego lamentable; la situación que ya todos conocemos no debió ocurrir. Estamos —engola la voz—, de nueva cuenta, ante la prueba irrefutable de que nuestra realidad no es tal, es sólo la posibilidad quintaesenciada de la ficción.

“Quintaesenciada, ¡qué gran palabra!”, piensa mientras continúa en un soliloquio que sólo será interrumpido por el asentimiento de la reportera.

Una vez terminada la entrevista, el escritor-que-declara-cosas vuelve al odioso tironeo con sus palabras. El cursor titila impaciente a la espera de las oraciones que lo saquen de su letargo. El escritor-que-declara-cosas se masajea las sienes, abre la boca una y otra vez, como los boxeadores antes de la pelea. Pero del otro lado de la página en blanco nada cambia.

El escritor-que-declara-cosas a veces piensa que las palabras y las ideas se le atascan en un lugar específico de la cabeza. Que si pudiera llegar a él, luego de masajear la zona, las palabras fluirían sin ningún obstáculo. Pero al menos esta noche, el escritor-que-declara-cosas se irá a dormir sin dar con ese lugar en su cabeza, y con el cursor titilante, inmóvil y burlón.

A la mañana siguiente, el celular del escritor-que-declara-cosas está lleno de felicitaciones. “Nunca mejor dicho”, “le diste al clavo”, “tú siempre tienes las palabras adecuadas”. Las declaraciones que dio a El Evidente son un éxito. Aun sin bañarse, el escritor-que-declara-cosas visita sus redes sociales. Su entrevista fue leída por miles de personas. Los comentarios que recibió la nota son, en su mayor parte, entusiastas. El escritor-que-declara-cosas se pasa una mano por el pelo, algo grasoso. Sabe que le dio al clavo. Otra vez.

Más tarde tendrá una entrevista telefónica. Sus palabras para El Evidente fueron tan populares que la redacción del programa radiofónico “Un poco lo mismo” se comunicó con él para hablar un poco más de lo mismo. El escritor-que-declara-cosas se prepara para la entrevista, anota otras frases interesantes en su libreta y espera la llamada. Al fondo de su estudio mira la computadora apagada. Una vaga sensación de desasosiego lo abruma. El teléfono suena. Del otro lado, una voz pregunta por él.

Sus palabras son otro éxito. Ahora debe recibir al equipo de televisión que lo entrevistará desde su imponente biblioteca: una bien dotada sala, con libros obsesivamente ordenados de piso a techo. El escritor-que-declara-cosas recibe al equipo. Ha dispuesto con sabiduría el escenario de la entrevista. Detrás del sillón, desde donde disparará aforismos cargados de ingenio, un imponente librero hace de su guardaespaldas. El mensaje debe quedar claro: el de los libros es él.

La entrevista ha sido un éxito. Otro. Por la noche, ante la televisión, el escritor-que-declara-cosas se mira decir genialidades. La auto observación le permite limar sus técnicas oratorias. Así descubre un par de muletillas que, no le cabe duda, dejará de articular durante la siguiente entrevista. También mira con cierto recelo una parte rebelde de su cabello que interrumpe insolente la circunferencia de su rostro. Luego deja de mirarlos, estar despeinado le da estilo.

Al fin prende la computadora. El brillo de la hoja en blanco le hiere los ojos. El teléfono suena otra vez. Pero en esta ocasión, el escritor-que-declara-cosas reconoce el número. Es su editor. Deja pasar la llamada. El teléfono vuelve a sonar y ahora distingue el número de su contador. El escritor-que-declara-cosas no mueve un músculo. El teléfono se calla y todo queda en silencio. Apenas el rumor incomprensible de la televisión rompe con la monotonía del estudio. En la pantalla, el cursor titila tras una frase sin brillo y sin melodía:

La luz que emite la pantalla del ordenador le azulea la cara.


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