Nota

Por una beca para Jorge Ibargüengoitia

En los últimos tiempos, se ha dicho que las becas son uno de los caminos posibles para que, aquellas personas dedicadas a las humanidades, principalmente las artes, logren obtener cierto sustento económico; de esa misma forma, algunos posgrados y residencias juegan un papel similar; claro, con becas. Que esos sean los caminos mejor asegurados pone en evidencia el lugar que juegan la cultura y las humanidades en una sociedad.

Jorge Ibargüengoitia, en su libro, “La ley de Herodes”, nos ilustra brevemente un asunto relacionado con las becas. Nacido el 22 de enero de 1928, fue un niño que se desenvolvió en un ambiente rodeado de mujeres. Estudió Ingeniería en la UNAM, pero antes de concluir la carrera, la abandonó para entrar a la Facultad de Filosofía y Letras, donde tomó clases con Rodolfo Usigli. El escritor mexicano, a su vez, obtuvo una beca en 1976, en un programa de residencia para escritores de la Universidad de Iowa y, aunque tuviera más motivos en contra, la aceptó. Al respecto, escribió varias crónicas que se publicaron en la revista “Proceso”. De entre los diversos textos que realizó, les traemos el siguiente fragmento:

“Al llegar a Chicago tuvimos una pequeña tragedia: el funcionario de migración que nos atendió –una mujer sudorosa– decidió que mi esposa no podía cruzar la frontera con la visa de turista que llevaba sino que necesitaba otra, especial –que por supuesto no se podía obtener allí mismo–, en la que se especificara que iba a ser mantenida por un becario. Nos remitió a un pasillo del aeropuerto que es como la ‘tierra de nadie’ en donde tuvimos que esperar una hora a que el funcionario que debería examinar el problema y resolver nuestra suerte –otra mujer sudorosa– terminara de revisar el equipaje de otra sospechosa –una mexicana que viajaba con tres niños y una maleta repleta de ropa sucia–. Al final Joy fue admitida en los Estados Unidos, pero adquirió una fobia antiyanqui que duró varios días.”

En efecto, los prejuicios raciales, las trabas burocráticas y de movilidad de un país a otro no son nuevas, como bien lo podemos constatar con estas palabras que nos dejó Jorge Ibargüengoitia. Lamentablemente, falleció el 27 de noviembre de 1983 en un accidente de avión. Hoy lo recordamos con la ironía que tanto lo caracterizó.



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