La soledad, el amor y la langosta

Christian Volkmar


El mensaje se sobreentiende. Aquella sociedad, no necesariamente distópica, en la que encontrar pareja resulta una de las condiciones humanas más importantes. Eso es lo que nos hace humanos ¿no es así? la interacción humana, y el establecer estructuras sociales que nos permitan seguir perpetuándonos. Para algunos, la soledad es incómoda, para muchos lo es, aunque nos neguemos actualmente a reconocerlo. ¿O es que acaso no estamos muchas veces en soledad, intentando reconocernos a través de nuestras pantallas, esperando un mensaje, un nuevo comentario, una publicación, revisando a diario y en cada momento disponible, el acontecer del mundo frente a nuestros ojos? Que nos invada el mundo, disfrutamos que nos invada porque difícilmente podemos escaparnos de él, de todos, de la realidad. Es imposible. Muchas veces viendo alguna película, la detienes para lanzar un comentario al aire, esperando una respuesta.

Soledad. Es curioso cómo el aislamiento nos ha llevado a interactuar de otra manera.

Y dentro de todo el caos, y nuestro desorden personal y con el mundo, vamos esperanzados, con la ilusión de encontrar a alguien que complemente nuestros mismos defectos, que comprenda nuestras fallas por estar en el mismo camino, que soporte lo que somos o lo que intentamos ser. Vamos metodológicamente, bajo ensayo y error, descartando opciones y aprovechando oportunidades, fundiendo nuestra soledad, para luego, con el paso del tiempo, descubrir “que es más difícil fingir que se siente algo que fingir que no lo hacemos”.

La soledad, a veces nos lleva a confundir el desasosiego y la desesperanza, con muestras de cariño y atención. Entonces, llega el momento, en el cual, es inevitable hacer daño. Lastimar a otros, herirlos, deshacer el paraíso. Es inevitable que nos dañen, que destruyan aquella semejanza, que el tiempo se detenga y se rompa en mil pedazos. Que los restos queden en el pasado, al cual tengamos que mirar una y mil veces, valorando así los placeres y compañía, y redescubriendo los placeres en soledad.

Es así, en lo prohibido, y normalmente de manera precipitada, que una unión de casualidades, de palabras, de conversaciones, de sinsentidos, te lanzan de nuevo el anzuelo para descubrir que hay algo que va más allá de ti mismo. Se vuelve un impulso, no hay métodos ni lógica ni razón. Simplemente se convierte en un torbellino invisible que fluye entre dos. El poderío de dos tontos que creen que han inventado otro idioma, dos tontos que lo pueden todo, unirse al sistema, oponerse a él, crear su propia película, su propio desenlace, creyendo que otros nunca serán capaces de influenciarlos…

Pero el amor persiste, o intenta hacerlo, a veces es un autoconvencimiento de que la situación podrá cambiar, podrá mejorar, que es solo una cuestión de esfuerzo. Porque cada día nos repetimos consciente o inconscientemente: “Necesito la fuerza para levantarme. Salir de nuevo”. Esperamos que llegue la recompensa, el ocaso y la calma. Que los designios no sean tan crueles. Que la vida no sea tan cruel. Después de tantas batallas, después del sacrificio, nos enseñan que debería existir aunque sea un porcentaje de victoria. ¿Es cierto?

La mayoría de las veces perdemos. Ganamos cierta experiencia, a través de las pérdidas, una parte de nosotros desaparece, piezas incompletas, perdemos personas, empleos, amores, pertenencias, juegos, dinero, empleos, amigos, perdemos tiempo, perdemos vida. Un día más recorrido, un año más vivido. Un año menos del reloj de arena. De nuevo miramos hacia atrás a lo perdido y lo recorrido. Pensamos que el pasado era mejor, porque nuestra nostalgia lo mantiene alimentado de recuerdos que no necesariamente son ciertos.

El presente es cruel. Estar vivo duele, se agradece, rezamos, nos persignamos, mandamos un emoji de corazón y agradecemos a la vida. Porque más vale el dolor, la decepción, la desilusión, que el nunca haberlo vivido. Así es la vida, y así es el amor, en todo sentido. Aunque nos abandone. Aunque se vuelva contra nosotros. Se corre el riesgo, y se vive, aunque no nos demos cuenta en el momento.

La vida duele, somos pasajeros, desaparecemos, nos olvidan, nos borramos. Intentemos marcar a las personas, con lo mejor de nosotros. No por ego, ni soberbia, sino porque en ese flujo invisible de nuestras palabras y emociones, que sea para llenar el espíritu de otros, las piezas perdidas de otros, para equilibrar el intercambio. Para partir en calma. Y saber al final, que todo, absolutamente todo, ha valido la pena…


La langosta (The Lobster, dir. Yorgos Lanthimos) narra una historia de amor no convencional, ambientada en un mundo distópico, en el que según las reglas establecidas, los solteros son arrestados y enviados a un lugar donde tienen que encontrar pareja en un plazo de 45 días. El tema central es la soledad, el temor a morir solo, a vivir solo, y también al temor a vivir con alguien.